Haciendonos mayores...

domingo, septiembre 20, 2009

Miramare

El tercer día nos levantamos con una buenísima noticia (Bruno, el genial Bruno, el incomparable Bruno, había recuperado mi cámara) y con una mala: el calor bochornoso del día anterior había dado paso al diluvio universal. Aunque esperamos un rato en el albergue, las miradas nerviosas oteando el horizonte, decidimos que no podíamos perder la mañana de esa manera, y nos aventuramos en la calle con unas sandalias (así los pies secan antes) y sin más protección que un gorrito de playa. El plan para ese día era visitar el castillo de Miramare, que estaba muy cerca de nuestro albergue (quince minutillos por una carretera sin techo alguno, al lado del mar, que se nos hicieron eternos mojadas y tirando de nuestras pesadas maletas).

Al llegar a Miramare pensamos en re-desayunar -algo muy típico para nosotras- pero nos dijeron que la cafetería quedaba en medio del parque, ah, no, no, mejor morirse de hambre que ser vapuleado a la intemperie. Decidimos, por lo tanto, tomarnos tooodo el tiempo del mundo para ver el castillo (como mínimo, como mínimo, hasta que dejase de llover). El castillo tenía dos plantas: en la de abajo se disponían todas las habitaciones de Maximiliano (ese principe ingenuote, que, como nos relató Raquel -experta en linajes hitóricos, y que no sabemos bien porque recaló en el periodismo cuando su vocación era tan clara-, no optaba a trono alguno en Europa, pero en México, hacia 1860 y resueltos a convertirse en reino, le ofrecieron una plaza como rey que él aceptó -cómo decir no a semejante oportunidad, su mujer estaba loca de contento- para ser asesinado dos escasos años después. Pobre Maximiliano!). En la planta de arriba nos contaban la historia del insigne aviador y héroe local –pero fascista, no nos despistemos- Amedeo d’Aosta.

La mejor habitación, sin duda alguna, era el comedor de verano. Una habitación enorme cuyos ventanales daban a la escalinata que bajaba al mar. ¿No creéis que eso es la felicidad? ¿Tener en vuestra casa una escalinata que baja al mar sin tener que pasar por una playa atestada de niños que gritan, jóvenes que te amenazan con una pelota y entrañables viejecitos que pasean por la orilla?

Cuando dejó de llover, y tras las fotos de rigor por el jardín (y el re-desayuno), preguntamos donde podíamos coger el autobús. Las instrucciones no eran muy claras y tras subir a través un parque (con las maletas todavía rodando a nuestras espaldas, aunque la mía con una parte menos de su estructura -gracias a dios lo que se cayó no fue la rueda-), y caminar kilómetros y kilómetros -no es una hipérbole- por una carretera, vimos algo que parecía ser una parada de autobuses.

Preguntamos a unos amables señores que nos indicaron que el autobús que estaba parado iba en dirección al centro de Trieste, les enseñamos nuestro ticket y nos dijeron que con ese no, que necesitábamos uno de los otros. Entonces uno de esos amables señores entró en el autobús pero la autobusera le dijo que con ese ticket ella no nos podía llevar, y que en el autobús no se vendían tickets, que había que comprarlos en el centro de Trieste, que todo eso no era asunto de ella y que ni se nos ocurriera subirnos al autobús. Tristes como ranas, empezamos a preguntarle a todos los presentes donde podíamos coger un bus con nuestro ticket o donde podíamos comprar tickets (en el centro de Trieste, oh, bien). Entonces, tres chicos nos enseñaron un bono. "Tenemos de sobra, entrad". Cuando rebuscamos en los monederos para darles lo que les correspondiera, se negaron en redondo, riendo alegremente y contándonos que ellos (dos de ellos) eran rumanos pero vivían en España. Que España estaba guay. Que ellos vivían entre Burgos y Logroño. La chica nos dijo, que ella ya podía entender el español antes de venir a España, gracias a las telenovelas (hablar con gente de Europa del Este que ve telenovelas es la mejor defensa del cine subtitulado que pueda haber). Que además, pensaba que en España los hombres eran como esos que salen en las telenovelas, morenos, fuertes y atractivos. Que estaba muy emocionada con la perspectiva de irse a España pero que cuando llegó... ¡Menuda decepción!

Ya en Trieste, dejamos las maletas en consigna, y nos dispusimos a conocer la ciudad, pero era necesario comer primero, y nuestro bus salía a las cinco, y debíamos ir a un cyber también, para ejecutar nuestro cambio de ruta y cancelar algunos albergues. Así que de Trieste vimos, más o menos, lo mismo que el día anterior. A las cuatro y pico volvimos a la estación de autobuses donde yo empecé a ponerme nerviosa. Bruno salía de trabajar a las cuatro de la tarde y mi bus partía a las cinco y él traería mi cámara y ay, y si no le daba tiempo... A cinco minutos para salir, desde la ventanilla, vi a Bruno buscándome y corrí, corrí como alma que lleva el diablo a su encuentro. Él me dio la cámara, y pobre, deseaba algo más, me preguntó dónde estaba mi amiga Tera. Yo señalé al autobús y él agachó la cabeza, nos deseó feliz viaje y se fue.

Cinco horas después (y tras aprender que las mejores áreas de servicio son las de Marché, colores vivos, zumos de frutas, comida sana y bella) llegamos a Zagreb. En realidad no eran aún las diez de la noche pero todo daba un poco de miedo. Las calles oscuras (nunca podré entender que en Europa prefieran que violen y maten gente a contaminar un poco más el planeta), la ausencia de gente, nuestro trayecto, que discurría paralelo a las vías de tren -que son bellas pero siempre algo tétricas- y sobre todo, el viejo albergue, que cuenta con el mismo nombre del nuevo, en el que nos metimos por error, y donde había muchas tablas, habitaciones a medio derruir, y un economato (que impresionó mucho a Raquel), nos hicieron, tal vez, llevarnos una impresión muy romántica pero poco acertada de Zagreb.

Tras dejar las cosas en el albergue nos dirigimos a conocer la noche zagrevina. Tomamos un café, miramos a la gente pasar y decidimos ir a bailar. Recordaba un nombre de mi guía pero poco más, así que preguntamos a una camarera, que para indicarnos, tuvo que mirar el periódico, a ver que sitios existían. Curiosamente, me dio el mismo nombre que mi guía, así que pensamos que sería un sitio muy famoso y salimos a su encuentro. La sala de baile no era muy grande, y allí nos divertimos bailando canciones pasadas de moda -pero entrañables- hasta que empezaron a llegar los chicos - y Tera empezó a sentirse un poco agobiada, porque en vez de hablarle de cosas interesantes sólo querían besarla-. Dijo que no acababa de sentirse en una capital, que el ambiente de ese bar era como el ambiente de Tui, y tuvimos que darle la razón. No es que el ambiente de Tui tenga nada de malo, sólo que nos esperábamos otra cosa.

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5 Comments:

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Blogger sr. calavera said...

De acuerdo contigo, la educación en familia. Pero no temas a los jóvenes!

Pobre Maximiliano, aunque si me prometieran un retrato de Manet, mi pintor preferido, yo me dejaría fusilar: http://impreso.milenio.com/media/imagecache/Principal/2009/03/06/mex_cul_c1.jpg

3:21 p. m.

 
Blogger Mrs Jones said...

Jolín, solo hacéis publicidad negativa de Zagreb!

8:28 p. m.

 
Blogger Cubilete said...

tristes como ranas??? las ranas son tristes????? Y.... falta un dato muy importante. No nos podíamos quedar en el albergue... porque cerraba.

Y sí, el economato era muy impactante. Tanto como la vieja que estaba en el comedor de su casa (porque aquello tenía toooooooda la pinta de ser el comedor de su casa) y que nos dijo que estabamos en la dirección incorrecta!

10:07 p. m.

 
Blogger Cubilete said...

y oye... a este ritmo no volveremos nunca a venecia!

10:08 p. m.

 
Blogger Cubilete said...

Asimismo se dice que pagó a cada uno de los verdugos con una moneda de oro para que no se le disparase a la cara, así podría ser reconocido por su madre.

me imagino que habrás visto en la wiki!

10:12 p. m.

 

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