Haciendonos mayores...

lunes, noviembre 09, 2009

El túnel-museo


Nuestro último día en Sarajevo comenzó tarde y con un desayuno que quisimos típico, por lo que pedimos una especie de churro que no sabía a churro y que era demasiado blando y grasoso. Pero era típico, y cuando estás fuera, eso es lo único importante.

Después, y tras las múltiples alusiones de Jack a una guerra que aún no entendíamos del todo, decidimos pasar la mañana (antes de coger nuestro autobús a Dubrovnik) en el tunnel museum, esto es, un túnel que se excavó durante la guerra de la ocupación para conectar el Sarajevo ocupado con el aeropuerto y la Bosnia libre, y que ahora sirve de museo. Dicho túnel se sitúa a las afueras de la ciudad, cerca del aeropuerto, por lo que buscamos entre la información turística qué autobús nos llevaría tan lejos. Era necesario hacer un trasbordo, en Ilidja.

Así que en Ilidja nos bajamos del autobús y nos encontramos con una plaza muy bulliciosa y llena de gente, y repleta también de autobuses que salían desde diferentes andenes. Pero el autobús que teníamos anotado parecía no seguir el camino deseado, y mirábamos paneles y más paneles llenos de autobuses que llevaban a sitios y más sitios que desconocíamos. Tratamos de preguntarle a una señora cómo llegar al lugar que deseábamos pero no hablaba nada que no fuese bosnio. Le señalamos un papel en el que teníamos escrito el nombre de la calle a la que íbamos y comenzó a hacer aspavientos y a asentir con la cabeza, antes de escribirnos un número en el papel, pero no, entonces dudó y lo tachó y le preguntó a un señor que nos quiso hablar en alemán, pero nosotras no sabemos alemán y entonces el señor le preguntó a otra señora, que se encogió de hombros y de repente se había montado un bello debate en bosnio sobre (supusimos) qué bus debían coger esas chicas extranjeras que parecían tan perdidas. Decidí ir a preguntar a una especie de oficina, y no había nadie, pero después un señor me gritó y resulta que sí, que el autobús era el primero que nos había dicho la mujer, y fui a esperar al andén y nos confundimos de andén y entonces la señora nos tocó el hombro y nos señaló el autobús, y justo cuando íbamos a subir advertimos, rápidamente, una mujer que pasa a nuestro lado. Ella no nos ve, pero es la señora de los ojos azules, la señora del hijo rubio y del hijo moreno, que se nos escapa para siempre sin que hayamos entendido su historia.


Bajamos del autobús en una especie de pequeño pueblo. Sopesamos si el autobusero podía habernos mentido al decirnos que bajáramos allí antes de encontrar una calle larga con el nombre del lugar que buscamos. Al final, en una casa vieja y desconchada una placa recuerda la gran labor que prestó esa familia al permitir que el túnel comenzase en el interior de su casa. Enfrente, el museo, al que se entra bajando la cabeza para no golpearla contra el techo. Los visitantes sólo podemos ver los primeros metros del túnel, que tiene 1'60 m de altura, 1 kilómetro de longitud, y que los bosnios atravesaban (sabremos después) con 60 kg de peso a la espalda (habría que aprovechar las incursiones para traer grandes provisiones de material). En una salita, nos muestran imágenes de bombardeos sobre Sarajevo y de la contrucción y uso del túnel.

En el exterior, un guía del museo explica en inglés el origen y el desarrollo de la guerra. Que se trató de un conflicto político y no social, que Yugoslavia fue un gran país durante la época del Mariscal Tito y que Tito era un gran dirigente (no esperes jamás que un ex-yugoslavo te hable de Tito en términos de dictador), que tras la desaparición de Tito, surgieron grandes divisiones en Yugoslavia, que en Serbia residía ya el poder de la antigua Yugoslavia (la capital, el 80% del ejército...) y que surgió Milosevic, que reivindicaba una gran Serbia. Tras la muerte de Tito los diferentes países de la zona comienzan a pensar en la autodeterminación y Eslovenia se independiza, de forma pacífica. En Bosnia, se aprueba un referéndum para independizarse, tras eso, la mayoría de los serbios se van y sólo quedan allí el 30%. La guerra comienza en Croacia, y en Sarajevo piensan que nunca llegará allí, que hay demasiados matrimonios mixtos, que no es sostenible. Pero llega.

En Bosnia no hay ejército profesional, y las colinas que la circulan parecen poner las cosas fáciles al ejército serbio. Sin embargo, Sarajevo resiste, y el guía insiste de nuevo en que eso se logró sólo gracias a la unión de toda la gente. Llegan las Naciones Unidas que se hacen cargo del aeropuerto y de un hotel, que se convierten en los únicos sitios seguros de la ciudad, pero no hacen más (señala nuestro guía con mucha acritud). Tiempo después, cuando se firman los acuerdos de Dayton, Naciones Unidas dice que si ven algún gesto extraño por parte del ejército serbio, intervendrán. Una vez que intervienen, la guerra termina en un mes. ¿Por qué no intervinieron antes? ¿Por qué esperaron tanto?, se pregunta el guía. Nos explica que es porque Naciones Unidad sostenía que se trataba de una guerra civil, pero nos explica también que eso no era verdad.

Luego otra chica nos explica la génesis de la nueva bandera bosnia (asépticamente propuesta por Naciones Unidas para no herir ninguna sensibilidad, pero con la que los bosnios no se identifican y que consideran artificial), y el tipo de armamento utilizado durante la guerra, justo antes de que miremos el reloj y exclamemos: !Vamos a perder nuestro autobús a Dubrovnik!

Corremos a por un taxi, corremos a por las maletas y llegamos justo a tiempo de comprar un bocata y coger el autobús, que nos lleva por carreteras bosnias al lado de un río, entre montañas, antes de llegar al mar (después de parar en la estación de Mostar, donde tanto nos gustaría ir a ver su puente). En la costa, la carretera sigue cada uno de los accidentes de la geografía, convirtiendo una distancia de 50 km como mucho en un trayecto de un par de horas.

A la llegada a Dubrovnik percibimos una ola de calor que nos recibe con toda su pegajosidad. En Sarajevo debía hacer unos 25 grados. En Dubrovnik casi 15 más. En la estación de autobuses nos reciben también miles de mujeres que ofrecen habitaciones. Cuando llegamos a nuestro hostal, lamentamos enormemente no habernos ido con ellas. No es que el hostal sea el peor del mundo, es que la señora que lo regenta ha tenido malas experiencias y afirma en el baño (que por lo demás es el baño de su casa) que si nos atrevemos a coger algunos de sus utensilios la rabia de dios caerá sobre nosotros (y lo verá a través de una camarita que ha puesto para descubrir tales fechorías...¡pervertida!).

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viernes, noviembre 06, 2009

Las laderas de las montañas

Cuando acabamos de comer nuestro cevapi es cuando advertimos que el hombre que está en la mesa de al lado nos mira y se ríe, nos mira y se ríe, antes de dirigirle la palabra a Tera (visiblemente enamorado) para decirle en rudimentario italiano que es la primera chica española rubia que ve. “No debe de tener mucho mundo”, pensamos nosotras. Pero no es así, ha trabajado en Francia, en Bélgica, en Italia (después sabremos que la cifra oficial de paro bosnio ronda el 45%), y hasta ha tenido un romance con Carmen, una mujer de algún lugar de Castilla y León.

Como es el primer bosnio que conocemos así, tan en profundidad, le damos conversación. A pesar de su extraño aspecto, su mochila reventada y sus repentinas risas. Le preguntamos qué tal es vivir en Sarajevo y qué es lo que más le gusta de la ciudad, y enseguida se ofrece a enseñarnos todo lo que valga la pena. Nosotras nos miramos, y dudamos: “Vamos hacia la mezquita”, le decimos. Él cree que es una gran idea, y nos acompaña, y nos informa de que Sarajevo es la única ciudad en el mundo que cuenta con una iglesia ortodoxa, una católica, una sinagoga y una mezquita en menos de 400 metros cuadrados. Por supuesto, visitamos cada una de ellas, mientras nuestro nuevo amigo, que se llama Jack, alaba la mezcla existente en la ciudad.

Pero después se pone un poco más triste para explicarnos que la gente no tiene ningún problema, que los problemas los tienen los políticos y que incluso ahora se viven situaciones que le parecen absurdas como el tener tres presidentes , o injustas, como que los serbiobosnios tengan derecho a pasaporte serbio, los bosniocroatas tengan derecho a pasaporte croata (serbios y croatas no necesitan visados para entrar en la Unión Europea en visitas de corta duración) y que los bosniacos sólo tengan pasaporte bosnio a diferencia del 50% de la población.

Nos pasea por la ciudad y es difícil obviar los malos tiempos. En el mercado, critica duramente al ejército serbio que lanzó dos bombas que causaron muchísimos muertos, “todos civiles, gente que venía a buscar qué comer, gente que trataba de sobrevivir”. Nos cuenta que él nació en Serbia, pero siempre vivió en Sarajevo. Que se quedó durante la ocupación, y que claro, los que estaban dentro eran todos iguales, fueran serbiobosnios o bosniacos. También nos cuenta que la única forma de resistir era estar todos juntos, ayudarse mutuamente, y suena a alguna película llena de buenas intenciones, a alguna frase recurrente sobre que la guerra saca lo peor pero también lo mejor del ser humano. Todo lo que me sugiere proviene de la ficción. Así debe ser.

Tras visitar la zona más austrohúngara llegamos a un parque donde hay un monumento a los niños que murieron durante la guerra, y donde comienzan las tumbas. Las tumbas están por todas partes, porque al estar sitiados, no tenían donde enterrar a los muertos. Los enterraron en los parques, en los alrededores del estadio olímpico, y en cada pequeño terreno sin edificar. Todas las lápidas muestran fechas de muerte de entre 1992 y 1995. Jack se siente incómodo, nos explica que se trata todo de gente joven, llena de vida. “En cuatro años todo se llenó de muertos, muchos amigos... en todas las familias se perdió a alguien”.

El parque está justo al pie de una colina y Jack nos informa de que podemos subir y conocer la residencia de estudiantes donde vive (Jack ya ronda los 40), y la pizzería que quiere comprar. Nos habla entusiasmado del proyecto, de cómo va a colocar las mesas, y de qué va a servir. Entretanto, nos adentramos por un barrio residencial que bien podría ser Coia. Los niños juegan al fútbol en las plazas que quedan entre los edificios, y pasamos varias tiendas de alimentación. Tras empinadísimas cuestas (en Sarajevo no puedes salirte un milímetro del centro sin subir una montaña), llegamos a su residencia. Nos muestra su habitación, que nos deprime bastante, y nos habla de que el año pasado hubo una erasmus española. Cuando acaba de ducharse vamos al bar de la residencia que hace también de cyber. Sólo hay un grupo de chicos a los que saluda entusiasmado mientras ellos nos miran con perplejidad.

Después cogemos un taxi porque estamos derrotadas. Vamos a la colina que queda cerca de nuestro hotel, desde allí, se ven unas vistas fantásticas de la ciudad de Sarajevo, solo enturbiadas por la ristra de lápidas que llena la ladera.

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domingo, octubre 25, 2009

Paseo por Sarajevo


Sarajevo es una ciudad... extraña. Si llegas a la estación de trenes, o a la de autobuses, no ves nada parecido a una ciudad alrededor. Crees imposible estar en una capital, aunque sea una de 400.000 habitantes. La ciudad está completamente rodeada (completamente) de montañas, así que, además de comprender a la perfección lo fácil que es sitiar una ciudad como esa, te preguntas dónde estan los edificios, porque en las montañas sólo se divisan casitas separadas, como aldeas en las laderas.

Una vez que te adentras por la única vía que parece verse, rodeada de altos edificios llenos de impactos de bala, pasas a una zona de edificios más bajos y repleta de cafés, similar a cualquier ciudad autro-hungara. Más allá, la ciudad, en su centro histórico, se dispersa de manera irregular, con casas separadas y bajitas, dispuestas a modo de pueblo, con minaretes oteando el cielo, con comercio bullendo en cada calle, en un tipo de ciudad que no sabes definir, porque no has estado nunca en un lugar similar.

Nosotras empezamos nuestra visita visitando el Museo dedicado al atentado de Sarajevo, ese en el que murió Francisco Fernando y originó el comienzo de la Primera Guerra Mundial. El museo, realmente, no merece el euro que cuesta, porque es una salita con algunos objetos de la época, fotos de los protagonistas y un documental sobre el asesinato en cuestión. Pero sirve para averiguar cosas que uno no sabe y para ver imágenes reales del asunto. ¿Qué averigüé? Que había un complot en el que participaban SIETE anarquistas no muy preparados que, confiando poco en sus posibilidades, se situaron en siete puntos diferentes del trayecto que Francisco Fernando haría en su visita a Sarajevo. Uno de ellos, le lanzó una bomba, pero Francisco Fernando, avispado como era, la cogió con sus propias manos y la desvió fuera del vehículo antes de que explotase –haciendo que murieran las personas que iban en el segundo coche de la comitiva-. “Uf”, debió de pensar, “me he salvado de esta por poco. Ahora ya puedo estar tranquilo”. Por lo que continuó paseándose por la ciudad, hasta que, en el puente Latino, pasó por delante de Gavrilo Princip, quien, esta vez sí, fue capaz de disparar al archiduque en el cuello. Debéis leer la historia completa, porque creedme, su cúmulo de despropósitos es reseñable.

Después fuimos a tomar un café a un bello palco de música, a dar una vuelta por una zona menos cuidada, llena de iglesias y de mezquitas, y a un lugar donde había que rezar ante siete hermanos asesinados en algún siglo remoto para cumplir deseos, como uno de los pedigüeños que estaban delante nos contó en un muy correcto francés (si alguien recuerda mejor la historia que la comparta conmigo). Delante de una Iglesia ortodoxa, una mujer llena de arrugas y de ojos azul brillante, nos coge a Tera y a mí del brazo y trata de decirnos algo. Señala el pelo de Tera, rubio, y el mío, moreno y masculla algunas palabras en italiano. Nos habla de sus hijos, nos enseña sus fotos, uno rubio y otro moreno, que están o estuvieron o quien sabe, en un hospital militar. No entendemos qué nos quiere decir, pero su cara es tan expresiva que nos cuesta irnos de allí.

Buscamos una librería, porque no podemos estar allí, viendo los impactos de las balas en los edificios, viendo las obras en la Biblioteca Nacional, sin entender que pasó allí entre 1992 y 1995. Tera compra un libro que se escribió en medio de la guerra, un manual de supervivencia donde aprende cómo iban al mercado a comprar raíces o que el deporte nacional consistía en correr por las calles para no morir en una explosión. Mientras tanto, yo ojeo mapas y guías, y una información que ya me había contado una amiga que viajó por aquí, que cuando fue el sitio de Sarajevo, turistas alemanes e italianos pagaban al ejercito serbio para que les dejasen entrar y divertirse siendo francotiradores. No porque tuviesen nada en contra de los bosnios o a favor de los serbios, sólo para vivir emociones fuertes al amparo del ejercito serbio, de las zonas tomadas y de las altas montañas. Así es el ser humano; intentemos (no) olvidarlo.

Después callejeamos por el barrio turco de las Palomas, entramos en algunos comercios (la zona es turística total, te venden fulares y pulseras en cada comercio, pero como las calles son tan diferentes sigues sintiendo mucho sabor local). Allí mismo buscamos un bar donde comer cevapi y nos aborda un hombre que cambiará nuestra mirada sobre Sarajevo, Jack.

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sábado, octubre 03, 2009

El viaje en tren a Sarajevo

A las nueve y medía de la noche partía el tren de Zagreb que debía depositarnos a las siete de la mañana en Sarajevo. En cuanto subimos, advertimos con júbilo que el tren se dividía en diferentes compartimentos, por lo que nos introducimos en uno y rezamos a dios para que ningún extraño se decidiese a perturbar la paz de nuestra habitación.

Una vez que llegamos a la conclusión de que pasaríamos la noche solas, comenzó la transformación: cerramos la puerta, subimos las maletas al portaequipaje, estiramos los asientos todo lo posible (el compartimento contaba con seis asientos, tres enfrente de otros tres, de modo que al estirarlos se unían unos con los otros formando una especie de colchón gigante que ocupaba todo el espacio), nos sacamos los zapatos, corrimos las cortinas de ventana y pasillos, nos cubrimos con nuestras toallas de playa, apagamos la luz y nos dispusimos a soñar con los angelitos.

Pero muy pronto un estruendo nos sobresaltó: ¿estaban abriendo la puerta de nuestro compartimento? ¿Alguien había encendido la luz? Se trataba del revisor, que tras advertir que su lengua era ininteligible para nosotras, se puso un poco nervioso y trató de hacerse entender mediante gestos. Cogió la mochila de Tera y hizo que Tera la abrazase repetidas veces, señalando hacia fuera. Raquel rápidamente comprendió: no quiere que dejemos las cosas tan descuidadas, por si nos roban. Cogimos los bolsos, con las carteras y las cosas de valor y los pusimos debajo de la cabeza. Pareció tranquilizarse y se fue.

Y volvió a los cinco minutos, acompañado de un jovencito que, como era estudiante, sabía un poco de inglés, y al que le resultó muy graciosa la tienda de campaña que nos habíamos montado. Nos contó (mientras el revisor afirmaba con la cabeza) que él solía hacer ese trayecto y que había muchos robos. Que el revisor nos recomendaba dejar la luz encendida y hacer turnos, para que una velara mientras otras dos dormían. Aseguramos que así lo haríamos y, ahora sí, mucho más tranquilo, el revisor nos sonrió y nos deseó (imagino) buenas noches.

Raquel veló el primer turno, del que yo, por supuesto, no sé nada, pero ella afirma que hombres muy sospechosos paseaban de un lado a otro. El segundo turno fue el de Tera, que se vio interrumpido por nuestro querido revisor, que finalmente, venía a por nuestros billetes. Raquel se despertó de repente, con el pelo revuelto, y cito textualmente: “yo me desperté sobresaltada, con el pelo caótico y él me lo colocó de forma tierna (y paternal) -no había nada sexual- que te acaricie un revisor de tren es extraño cuando menos”.

Finalmente me tocó a mí, saqué mi libro, me puse los cascos y desafié al sueño. Mi turno era el mejor, porque comenzaba a amanecer, así que dejé libro y cascos y me concentré en el paisaje que se empezaba a intuir, en las múltiples estaciones de tren donde hombres fatigados encendían la luz verde para que pudiéramos partir y mujeres de negro subían apresuradas al tren –es todo tan poético al alba-; en nuestro querido revisor, que cada vez que pasaba ante el compartimento, me saludaba expresivamente con la mano y fingía quedarse dormido, en los hombres que pasaban por delante con las manos en los bolsillos, y miraban hacia dentro, y volvían a pasar para asegurarse de que había alguien despierto, y sí, por supuesto, ahí estaba yo vigilando todos nuestros bienes materiales.

Bosnia me pareció un país de montañas abruptas y árboles casi horizontales. El color gris de la niebla de la mañana le prestaba al paisaje un tono onírico fantástico. Las montañas se sucedían muy rápido, mientras yo trataba de apresar aquellos postes telefónicos contra los montes. Pero sobre todo, Bosnia es un país donde en cada pueblo aparecen casas a medio construir. Casas en las que parece que no vive nadie, y casas en las que puedes apreciar cortinas en el piso de abajo, pero el piso de arriba, tras ser destruido, nunca se volvió a reconstruir. No eran ruinas, ni casas destruidas, eran casas dejadas a la mitad, o a los tres cuartos, o todo menos la pintura. Casas en las que las obras se habían limitado a la necesidad de hacerlas habitables.

(pd. Poco después, en una conversación con un amigo de Tera, éste nos contó que cuando él había cogido ese mismo tren, habían gaseado varios compartimentos para robar –pero no tuvo a bien avisarnos antes-. Quede claro que eso pasa en muchos sitios y que no lo asociamos al lugar en sí ni a la maldad intrínseca de sus habitantes –como susceptiblemente malinterpretó el amigo que hicimos en Sarajevo-).

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martes, septiembre 29, 2009

16 lagos y 92 cascadas

Cuando empezamos a planear las vacaciones, vislumbrando Italia, y planteando una rápida excursión a Croacia, no podía quitarme de mi mente las imágenes de aquel documental sobre parques naturales con cascadas de aguas verdecristalinas. Pero la ficción es normalmente mejor que la realidad (digan lo que digan), porque en la ficción no hay un dolor de garganta, ni hambre, ni nada que te impida apreciar la belleza a tu alrededor.

Así que allí me vi yo, situada en el lugar al que tanto deseaba ir y sin ser capaz de pensar en mucho más que el autobús de vuelta. Y eso que el día comenzó inmejorablemente con un señor autobusero gritándonos en precario inglés que llegábamos tarde y que era la tercera vez que pasaba por nuestra calle (mientras nosotras corríamos de un lado a otro por la recepción del albergue, empeñadas en pagarlo todo). Se superó cuando, llegadas ya al parque, el señor autobusero se encaró con la pobre Raquel, que no había entendido si for terti significaba 16:20 o 16:30, preguntándole de malos modos para qué decía nada si ella no sabía inglés ¿?¿?¿?

Después entramos, observamos que hacía calor pero no demasiado, que la majestuosidad (permitidme un tono hiperbólico) de los lagos era tal y como aparecía en la tele y emprendimos el paseo por los caminitos de tierra o madera previamente señalizados. Vimos enormes lagos verde sulfuro –el sulfuro es amarillo, pero a mí es lo que me sugerían- desde las alturas para después descender y meter nuestras manos dentro (prohibido bañarse). Cogimos un barco por el lago mayor y paseamos entre árboles y nuevas cascadas -pues el poder erosivo del agua hace que en Plitvice la orografía nunca sea idéntica-. Me detenía de vez en cuando, convencida de que uno de los mayores aciertos de dios todopoderoso es esa fina lámina de aparente cristal que se forma el agua poco profunda antes de las cascadas.

Pero mi dolor de garganta se hacía insostenible y mis caramelos no solucionaban mucho. Y un dolor de garganta en casa es una fantástica excusa para tomar zumo de naranja o leche con miel, pero allí era esa cosa exógena que me está fastidiando este fantástico día. Me puse un poco irritable, sí, pero todo mejoró tras comer y tras aprender nuevos datos sobres los lagos Plitvice. Allí murió la primera víctima de la guerra serbo-croata, cuando militares serbios mataron a los guardas del parque y convirtieron esa zona apartada en un útil gran cuartel militar (era un parque nacional ya desde principios de siglo con múltiples hoteles y restaurantes que reconvirtieron en barracones). Los serbios amenazaron con volar los lagos, según leí después, aunque de eso allí no nos informaron.

De vuelta en Zagreb cogimos rápido nuestras maletas para ir rumbo a la estación, a vivir una de las noches más excitantes de nuestras vidas: el viaje en tren a Sarajevo.

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jueves, septiembre 24, 2009

Escultura croata


Zagreb tiene un problema (además de con la falta de marcha nocturna) con la duplicación de nombres. Así que tras meternos en el albergue del economato la noche anterior, acabamos desayunando en un sitio que según mi guía era lo más, pero que simplemente compartía el mismo nombre (y nisiquiera contaba con croissants). Tras el desayuno, nos dirigimos a la información de turismo donde nos convencieron (yo ya lo estaba, las convencieron a ellas) de que valía la pena visitar los lagos Plitvice.

Callejeamos por bonitas y empinadas calles que nos llevaban a la parte alta de la ciudad. Vimos un mercado de flores, buzones decadentes, una curva de carretera llena de peticiones religiosas y completada por una pequeña capilla abierta o una iglesia con un original tejado lleno de colores. Descubrimos, en suma, una bella ciudad provinciana, con calles empedradas y casas homogéneamente conjugadas. Con el sol brillando en lo alto, aspiramos fuerte el aire de la tranquilidad.

Y sobre todo, conocimos a Mestrovic, que, a juzgar por nuestras experiencias posteriores, es el único artista que existe en el país (las ciudades están llenas de esculturas de Mestrovic). Lo conocimos en su atelier, donde sus esculturas están acompañadas por imágenes en las que los estudiantes de bellas artes de la universidad local emulan las poses. Mi primera impresión, es que los estudiantes de bellas artes no son como aquí, ya sabéis, amantes del nudismo y la provocación (¿exagero?). Una madre que acoge en su seno desnudo a su querido hijo, se convierte, en la imagen actual, en una chica con jersey de cuello alto sujetando a metros de distancia, más separando que sujetando, al chico que hace de hijo. Y así en todas las imágenes.

Pero lo que interesan no son los estudiantes (que además cuidan el museo para evitar que hagas más fotos de las tres que están permitidas en el jardín – y no te atrevas a extralimitarte-) sino el propio Mestrovic, que tiene bellísimas, intensas y expresivas esculturas de crucifixiones, pacientes Jobs, o bellas mujeres con niño. Un fantástico descubrimiento. Diría que no comprendo que no sea tan famoso como Rodin, pero quizá lo sea y yo lo ignore, y quede fatal.

Después de comer, visitar un apacible cementerio y tratar de encontrar alguna postal decente (aquí también pondré una sucursal de mi empresa postalera), tratamos de dar un paseo por las calles más lúgubres de la ciudad (quizá el que fuera domingo ayudase), para finalmente descubrir que había un Zagreb que aún ignorábamos, lleno de terrazas, de gente charlando, de puestos de artesanía y de modernidad. Eso sí, una vez que salimos de esa calle, volvimos a los parques oscuros, enormes parques oscuros que pueblan la ciudad de Zagreb y hacen intuir un invierno peligroso y desangelado (que probablemente tampoco se corresponda con la realidad, pero a quién le importa).

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domingo, septiembre 20, 2009

Miramare

El tercer día nos levantamos con una buenísima noticia (Bruno, el genial Bruno, el incomparable Bruno, había recuperado mi cámara) y con una mala: el calor bochornoso del día anterior había dado paso al diluvio universal. Aunque esperamos un rato en el albergue, las miradas nerviosas oteando el horizonte, decidimos que no podíamos perder la mañana de esa manera, y nos aventuramos en la calle con unas sandalias (así los pies secan antes) y sin más protección que un gorrito de playa. El plan para ese día era visitar el castillo de Miramare, que estaba muy cerca de nuestro albergue (quince minutillos por una carretera sin techo alguno, al lado del mar, que se nos hicieron eternos mojadas y tirando de nuestras pesadas maletas).

Al llegar a Miramare pensamos en re-desayunar -algo muy típico para nosotras- pero nos dijeron que la cafetería quedaba en medio del parque, ah, no, no, mejor morirse de hambre que ser vapuleado a la intemperie. Decidimos, por lo tanto, tomarnos tooodo el tiempo del mundo para ver el castillo (como mínimo, como mínimo, hasta que dejase de llover). El castillo tenía dos plantas: en la de abajo se disponían todas las habitaciones de Maximiliano (ese principe ingenuote, que, como nos relató Raquel -experta en linajes hitóricos, y que no sabemos bien porque recaló en el periodismo cuando su vocación era tan clara-, no optaba a trono alguno en Europa, pero en México, hacia 1860 y resueltos a convertirse en reino, le ofrecieron una plaza como rey que él aceptó -cómo decir no a semejante oportunidad, su mujer estaba loca de contento- para ser asesinado dos escasos años después. Pobre Maximiliano!). En la planta de arriba nos contaban la historia del insigne aviador y héroe local –pero fascista, no nos despistemos- Amedeo d’Aosta.

La mejor habitación, sin duda alguna, era el comedor de verano. Una habitación enorme cuyos ventanales daban a la escalinata que bajaba al mar. ¿No creéis que eso es la felicidad? ¿Tener en vuestra casa una escalinata que baja al mar sin tener que pasar por una playa atestada de niños que gritan, jóvenes que te amenazan con una pelota y entrañables viejecitos que pasean por la orilla?

Cuando dejó de llover, y tras las fotos de rigor por el jardín (y el re-desayuno), preguntamos donde podíamos coger el autobús. Las instrucciones no eran muy claras y tras subir a través un parque (con las maletas todavía rodando a nuestras espaldas, aunque la mía con una parte menos de su estructura -gracias a dios lo que se cayó no fue la rueda-), y caminar kilómetros y kilómetros -no es una hipérbole- por una carretera, vimos algo que parecía ser una parada de autobuses.

Preguntamos a unos amables señores que nos indicaron que el autobús que estaba parado iba en dirección al centro de Trieste, les enseñamos nuestro ticket y nos dijeron que con ese no, que necesitábamos uno de los otros. Entonces uno de esos amables señores entró en el autobús pero la autobusera le dijo que con ese ticket ella no nos podía llevar, y que en el autobús no se vendían tickets, que había que comprarlos en el centro de Trieste, que todo eso no era asunto de ella y que ni se nos ocurriera subirnos al autobús. Tristes como ranas, empezamos a preguntarle a todos los presentes donde podíamos coger un bus con nuestro ticket o donde podíamos comprar tickets (en el centro de Trieste, oh, bien). Entonces, tres chicos nos enseñaron un bono. "Tenemos de sobra, entrad". Cuando rebuscamos en los monederos para darles lo que les correspondiera, se negaron en redondo, riendo alegremente y contándonos que ellos (dos de ellos) eran rumanos pero vivían en España. Que España estaba guay. Que ellos vivían entre Burgos y Logroño. La chica nos dijo, que ella ya podía entender el español antes de venir a España, gracias a las telenovelas (hablar con gente de Europa del Este que ve telenovelas es la mejor defensa del cine subtitulado que pueda haber). Que además, pensaba que en España los hombres eran como esos que salen en las telenovelas, morenos, fuertes y atractivos. Que estaba muy emocionada con la perspectiva de irse a España pero que cuando llegó... ¡Menuda decepción!

Ya en Trieste, dejamos las maletas en consigna, y nos dispusimos a conocer la ciudad, pero era necesario comer primero, y nuestro bus salía a las cinco, y debíamos ir a un cyber también, para ejecutar nuestro cambio de ruta y cancelar algunos albergues. Así que de Trieste vimos, más o menos, lo mismo que el día anterior. A las cuatro y pico volvimos a la estación de autobuses donde yo empecé a ponerme nerviosa. Bruno salía de trabajar a las cuatro de la tarde y mi bus partía a las cinco y él traería mi cámara y ay, y si no le daba tiempo... A cinco minutos para salir, desde la ventanilla, vi a Bruno buscándome y corrí, corrí como alma que lleva el diablo a su encuentro. Él me dio la cámara, y pobre, deseaba algo más, me preguntó dónde estaba mi amiga Tera. Yo señalé al autobús y él agachó la cabeza, nos deseó feliz viaje y se fue.

Cinco horas después (y tras aprender que las mejores áreas de servicio son las de Marché, colores vivos, zumos de frutas, comida sana y bella) llegamos a Zagreb. En realidad no eran aún las diez de la noche pero todo daba un poco de miedo. Las calles oscuras (nunca podré entender que en Europa prefieran que violen y maten gente a contaminar un poco más el planeta), la ausencia de gente, nuestro trayecto, que discurría paralelo a las vías de tren -que son bellas pero siempre algo tétricas- y sobre todo, el viejo albergue, que cuenta con el mismo nombre del nuevo, en el que nos metimos por error, y donde había muchas tablas, habitaciones a medio derruir, y un economato (que impresionó mucho a Raquel), nos hicieron, tal vez, llevarnos una impresión muy romántica pero poco acertada de Zagreb.

Tras dejar las cosas en el albergue nos dirigimos a conocer la noche zagrevina. Tomamos un café, miramos a la gente pasar y decidimos ir a bailar. Recordaba un nombre de mi guía pero poco más, así que preguntamos a una camarera, que para indicarnos, tuvo que mirar el periódico, a ver que sitios existían. Curiosamente, me dio el mismo nombre que mi guía, así que pensamos que sería un sitio muy famoso y salimos a su encuentro. La sala de baile no era muy grande, y allí nos divertimos bailando canciones pasadas de moda -pero entrañables- hasta que empezaron a llegar los chicos - y Tera empezó a sentirse un poco agobiada, porque en vez de hablarle de cosas interesantes sólo querían besarla-. Dijo que no acababa de sentirse en una capital, que el ambiente de ese bar era como el ambiente de Tui, y tuvimos que darle la razón. No es que el ambiente de Tui tenga nada de malo, sólo que nos esperábamos otra cosa.

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