Haciendonos mayores...

jueves, febrero 21, 2008

M en Bruselas (II)

Llegamos por fin al destino número 2: la plaza Jeu de Bal, donde se despliegan miles de objetos viejos e inútiles, ropa (hasta sotanas, M. quedó impresionada, “anotar como sitio básico para todas las visitas” me dije yo), discos y postales escritas hace cuarenta años. Mientras M. me miraba censuradora, yo temblaba completamente subyugada por el poder de esos mensajes atemporales, de esas imágenes raidas, de esos álbumes llenos de fotos en blanco y negro de una familia que ahora estaban aquí, a la venta.

Por su parte, mientras yo la miraba entre escandalizada y sorprendida, M. se puso a revolver entre camisetas de transparencias, escotes y extrañas aberturas. El vendedor, atento a mi cara de profunda desubicación, me enseña la camiseta más transparente de todas mientras repite ¿no te gusta? ¿no te gusta? ¿no te gusta?. No, no me gusta, pero él trata de convencerme de que a mi marido le va a volver loco. Yo le explico que no, que mi marido tiene buen gusto, y que no me voy a comprar esa cosa, pero no nos entendemos muy bien. Me explica que habla francés como un bebé, y yo le explico que yo no voy mucho mejor encaminada. M. aparece con una camisa transparente y escotada (pero muy bonita,eso sí) que se compra.

Caminamos felices bajo el sol con sus bolsitas (yo creo que ya os he explicado el estado completamente aconsumista en el que me quedé tras la reflexión que supuso tener que envíar doscientos paquetes en la última mudanza) y llegamos al centro. Ahí la alegría se podría haber enturbiado mientras buscábamos comida a horas demasiado españolas, pero el sol, y el año nuevo chino (y hasta un pequeño dragón) lo impidieron. Terminamos en un ¿tailandés? donde la camarera nos recomendó preparar nuestro pollo al nosequé suave, pero no fue capaz de seguir sus propias recomendaciones. Agua, agua y más agua. Después, el primero de una larga serie de goffres de chocolate. ¡La felicidad es esto! Pensamos (al menos yo, pero seguro que M. también) mientras tratamos de borrar de nuestras caras las huellas siempre indecentes del éxtasis.

Abandono a M. porque debo trabajar un rato. M. se dedica a fotografiar corazones. Bruselas no es sólo la ciudad en la que menos gente desemparejada hay , si no también (y consecuentemente) una de las ciudades más cursis los días previos al 14 de febrero.

M. me viene a buscar al trabajo y descansamos un rato en casa, pero enseguida debemos ir a cenar, y al Delirium (el bar del que M. se hizo asidua en un solo fin de semana), donde nos unimos a L. y sus nuevos amigos. Nos lleva L. después a su bar favorito: Café central, del que habla inevitablemente todos los sábados en nuestro programa (porque hay un ciclo de cine alemán en él). De noche allí se baila, y eso hacemos hasta que estamos demasiado cansadas y sólo pensamos en volver a casa. Como aún no son las tres (hora a la que se acaba el fantástico servicio de transporte nocturno de Bruselas), decido que podemos coger un bus, y le hago esperar media hora en el sentido contrario y otra media hora en el sentido adecuado. El busero, que ya nos conoce de la parada errónea, levanta efusivo la mano.

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2 Comments:

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Blogger Mrs Jones said...

deberías dejarte de tonterías y hablar de tu marido

12:14 a. m.

 
Blogger Marina said...

Desde luego que la felicidad son gofres de chocolate. Y descubrir que has terminado la crónica tras llegar a casa, enferma, de una despedida (más) en Tegel. Y eso que los aeropuertos se suponía que eran menos terribles que las estaciones de tren!! :(

A ver Lost y hacer punto de cruz toca, a ver si me recupero! :) Intentar llamar al médico sería otra opción plausible, sí...

2:16 p. m.

 

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