Haciendonos mayores...

lunes, febrero 09, 2009

14 de febrero

Decía Cicerón (como mínimo) que nunca comentaras tus propósitos o se volvería en tu contra (especialmente cuando no los cumplieras). Pero ya se sabe que en estos tiempos ¿pos?modernos no se le presta mucha atención a la filosofía latina. Así que por el año nuevo no hice lista, pero empecé a soltar mis propósitos por aquí y por allá, sin demasiada convicción y con ninguna reserva. Ahora reproduciré mi error con la esperanza de que la vergüenza me obligue a actuar, que lo sepa el mundo entero: ¡me propuse escribir en el blog todas las semanas!.

Aunque ya lo decían en un libro que leí de pequeña: nunca más mi diario será una obligación. No contaré lo que me pasa (hoy comí sopa y merluza) si no mis pensamientos e inquietudes (sobre la familia, el amor, los estudios, la muerte de un ser querido, todos los temas mínimos que debe recoger un compendio de moral juvenil). Por lástima a veces no resulta suficiente con el entusiasmo. A veces uno cree que necesita tener algo que contar ( sus pensamientos e inquietudes no dan para tanto), porque es mejor ser poco brillante que la cruel realidad (ala, a hacer cábalas).

Mientras tanto yo encontraré algo que contar: ¡porque el sábado es San Valentín!. Y para los que no han encontrado el amor o les gustan los excesos, en las estaciones de metro se repartirán chocolates. Después hay que ir a la Bourse a escribir un mensaje que un globo llevará hasta un destinatario (una media naranja, quizá). Bruselas intenta siempre y en cualquier situación perder su estatus de ciudad gris, funcional y aburrida. Y triunfa.

El año pasado mi amiga M. me visitó en tan señalada fecha y se quedó, no sé si horrorizada o encantada con el número desproporcionado de corazones que campaban por los escaparates de Bruselas. Este año tengo una nueva visita que quedará más impresionada aún. Aunque le prometí una cita a ciegas y se tendrá que conformar con un tazón de chocolate.

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domingo, enero 25, 2009

Exposiciones y monstruos

Ayer amanecí cultureta y decidí irme de museos, tratando de superar mis reticencias hacia esa manera de funcionar tan belga consistente en cobrar mucho y ofrecer poco (la exposición vale 9 euros, y la audioguía 4, que no digo que no lo merezcan, que quede claro, lo que me enerva es que si no compras la audioguía -si sólo gastas 9 euros- no hay un mísero panel explicativo que te informe de que el movimiento nació en 1948 y sólo duro tres años pero fue muy activo, y blablabla).

Para los que no sepáis quienes son CoBrA os lo cuento yo: artistas de Co-penhague, Br-uselas y A-msterdam , que se unieron al arbitrio de las afinidades personales (como la Santa Generación, vaya) para reivindicar un arte natural, puro, instintivo.

Querían reaccionar contra el intelectualismo del surrealismo (de lo que quedaba del surrealismo en 1948, que hasta había un panfleto surrealista de la época donde alguien se atrevía a decir que era mejor la ciencia que el misticismo –¿qué había sido de Nadja y del azar?). A mí casi me convencieron, afirmando que en cada ser humano hay un artista que liberar. El arte no es estética, insistían, sino expresión.

Lo que yo no acabo de ver claro es porque reivindicaban un arte que volviese a las raíces del pueblo y dibujaban, aunque sea a través de trazos infantiles, informes formas cubistas. Porque lo siento mucho, hablar de que el arte debe ser así, o asá, es hacer estética. Porque el arte quizá no tenga nada que ver con lo bonito ni con lo feo, pero lo único que no exige reflexión, llegados a estas alturas, es un paisaje suave con río y no monstruos deconstruidos.

(PD. Pero debo compartir con vosotros un bello y onírico descubrimiento: Pedersen).

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martes, octubre 07, 2008

Los temas que debería tratar

¿Sabéis cuando tenéis tantas cosas que contar que no alcanzáis a centraros en nada? Han pasado tantos días que por mi cabeza han desfilado mil posts diferentes, algunos más interesantes que otros: los nervios, los médicos, el ayuno voluntario (puaj), los aviones, los belgas, la búsqueda de piso, Pirandello, los stagiaires bien vestidos, mis compañeros de piso, el Parlamento Europeo, los planes de fin de semana, los monstruos. Ya sabéis, el drama de los generalistas. Si fuéramos quienes, por una sola vez, de elegir un tema que desarrollar, seríamos genios. La triste realidad es que, incapaces de seleccionar, incapaces de desechar, servimos sólo para jugar al Trivial.

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martes, mayo 13, 2008

Finales exultantes

Nos ponemos tristes al pensar que falta poco para irnos, qué tontos somos. No sabemos, me temo, que estamos viviendo lo mejor. Esas semanas previas llenas de prisas, de citas, de entusiasmo. Esas semanas en las que hay que hacer todo lo que no has hecho, mirar todo lo que aún no has visto, palpar todo eso que aún no has tocado, y demás. Porque somos así y la mejor conversación se ve interrumpida por los pitidos del silbato del señor revisor que te obliga a subirte y quedarte sin esa conclusión que intuías magnífica. Porque cuando uno se va, se va en la cresta de la ola y quedarse es quizás, como tratar de que te reelijan para una segunda legislatura.

Estoy nerviosa entonces, observando como todo se dispara enérgicamente hacia arriba en este momento preciso en el que yo no puedo disfrutarlo (no hay tiempo y el que hay, está demasiado repleto). Y sin embargo, hay fines de semana como este, de profunda compenetración bruselocrisiana. Y paseo despreocupadamente por el Mont des Arts, el sol brilla en lo alto y los niños juegan en la fuente. Se salpican, se empujan, y a veces resbalan, llenándose el vestido blanco de agua. Sus padres fuman despreocupados, recostados alrededor de la fuente, los piececillos a remojo. Si continuo hacia abajo hay uno de esos artistas extraños, que (ex)pone fotos de vacas urbanas en uno de los peldaños de las escaleras. A veces la gente se despista y arrastra algo con el pie sin mirarlo siquiera, pero otras veces el artistilla entabla conversación con turistas que le preguntan si es posible sacar fotos (de las fotos) y él sonríe entusiasmado, si ha decidido (ex)poner sus fotos ahí es para ver la impresión que causan.

Tengo visita y eso exige hacer de guía, amar la ciudad para hacerla amable. Y aunque la mujer de verde manzana se enfade, y crea que siempre ataco su dulce hogar, cada vez Bruselas se vuelve también más el mío, un lugar al que uno puede criticar, pero que no acepta que nadie más critique.

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jueves, abril 10, 2008

Amor y surrealismo

Hoy he aprendido que Breton en realidad era un cursi. No fue fácil llegar a saberlo. Las bibliotecas de Bruselas se pusieron en mi contra. Ya os había comentado que la ciudad de Bruselas era la más burocrática del mundo entero. Imaginad entonces el juego que puede dar el hecho de que esté dividida en 19 comunas que no se comunican entre sí. Las malas lenguas afirman que hasta hace unos pocos años, si cometías un crimen y cruzabas la calle que separaba una comuna de otra, la policía ya no tenía derecho a ir contra ti. Nati me contó por su parte, que su edificio es el único del Parlamento Europeo al que no se puede acceder directamente (es decir, sin salir a la calle), porque resulta que está en un barrio diferente y entonces es imposible ponerse de acuerdo sobre quien paga el túnel secreto. Pero mi problema hoy era mucho más banal. Madrugué considerablemente para poder ir hasta el fin del mundo, a una biblioteca que tenía “Si vous aimez l’amour” que es un libro y a la vez una frase que se debe terminar por “vous aimerez le surrealisme”. Llegué hasta allí muy puntual, pero no me dejaron pasar. ¿Eres socia? Soy socia de la biblioteca de Saint Gilles, dije, y saqué mis dos carnets de bibiotecófila bruseliense. Ah, no, no, eso no te vale aquí. Saqué mi DNI, una mujer sonriente me hizo un nuevo carnet, me indicó a quien podía preguntarle por mi libro y me dejó pasar. Salí victoriosa, con toda la información en la mano (y otra cosita de premio) y me encaminé a una biblioteca del centro a por “Surrealisme et sexualité”. Llegué, y una mujer (nada sonriente) me impidió el paso. ¿Eres socia? Yo desplegué todo mi arsenal de carnets de bibliotecas belgas, “tengo uno de Saint Gilles, otro de Scharbeek y este otro que no sé para qué sirve”. “No te valen aquí”. Pregunté si me podía hacer socia y la mujer me pidió algún papel que certificase la dirección de mi residencia. No lo tenía “Pero soy socia de estas dos bibliotecas, y mira, me han dejado coger libros en préstamo”, y abrí la cremallera de la mochila dejándole entrever ese paraíso de letras encuadernadas. “Me da igual, necesitamos algo que lo certifique”. Mi cara de consternación llegó por un huequito estrecho hasta su corazón y me dejó pasar a hacer fotocopias (1’50 euros por cada 10 páginas). No pude evitar reflexionar sobre las ventajas de vivir en un barrio y no en el centro. Ese desprecio es propio de las bibliotecas céntricas repletas de desconfianza y desinterés. En Saint Gilles, la bibliotecaria no duda de la dirección que le das, y además siempre muestra entusiasmo (porque no hagáis una encuesta preguntando cuánta gente de Saint Gilles les conoce, pobres, que casi ni aparecen en la página de la red de bibliotecas).

Como tuve que esperar media hora a que abriera en esa odiosa biblioteca la sala de fotocopias, empecé a leer sobre surrealismo y amor, amor y surrealismo. La Santa Generación no tiene razón de ser. Más convencional que Breton no puede haber nadie. ¿Os podéis creer que el fundador de un grupo que se quiere transgresor se escandalice ante la homosexualidad, ante la coprofagía (bueno, esto lo entendemos más que perfectamente) y hasta ante la masturbación sin objeto? Anodada me quedé mientras leía sus defensas atribuladas de la monogamia (especialmente la femenina), la androginia platoniana (o algo así, lo de un hombre/mujer que nos complementa y que nos está destinado/a) y su rechazo absoluto a cualquier vicio.

El amor es revolucionario decía. La solución a todo problema.

Claro que sí, como amamos el amor, amaremos el surrealismo.

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martes, marzo 04, 2008

Lentitud e ineptitud

Es lunes por la mañana y debo madrugar para ir a una rueda de prensa sobre una actividad digna de los estatutos de la Santa Generación. Se trata de Bruselas, capital de Europa, y te dan un fin de semana para visitar 150 lugares que en Bruselas hacen referencia a cualquiera de los 27 países de la Union. La idea como podéis imaginar, me entusiasma.

Allí encontramos a un chico que quiere ser gallego y que se sonroja cuando le preguntamos por su becaria. También encontramos a una mujer española que tiene una galería de arte y un coche naranja. Ella afirma que está un poco harta de la ciudad. Le preguntamos cuantos años lleva aquí. Doce.

Nos explica que ésta es una ciudad fantástica para la vida bohemia. Agazapados en las grises tinieblas bruselienses, respiran todos los pequeños artistas con los ojos bien abiertos. Si tú los abres también, podrás verlos. Miles de salas de teatro alternativas. Circo. Centros culturales. Sí, es verdad, Bruselas es una ciudad fantástica.

Hasta que llega la vida civil, prosigue la mujer española. Bélgica es uno de los países más burocráticos del mundo, lo que significa, básicamente, lentitud e ineptitud. Y papeles, papeles, papeles. Y abusos de la administración. Pero la administración no es la única que abusa. Nos habla de su compañía telefónica.

Le digo que me dijeron que en Bélgica no existía libro de reclamaciones. Me dice que es verdad. No hay forma de defender los derechos del consumidor, me escandalizo yo, metida hasta el cuello en ese estado tan español del a dónde he ido yo a parar.

El chico sacude la cabeza, antes de gritar: ¡Si que hay, pero te cobran!

Al parecer en este país tienes que pagar una cuota a una asociación para tener derecho a quejarte.



Y creedme, eso define a la perfección el espíritu del país.

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lunes, febrero 25, 2008

M. en Bruselas (V)

El lunes M. debe irse y nos despertamos un poco tristes porque ya queda poco. Nos dirigimos al Atomium donde nos pasamos todo el día. Debo decir que me sorprende positivamente. No sé si por ir con M. que está totalmente enamorada (mi bello átomo, la entiendo murmurar a veces entre sueños) pero la verdad es que considero que vale la pena. Entrar. Meterte en cada una de las bolitas. Admirar las vistas explicadas. Ver la exposición del señor ese que hace mesas de tres patas y muebles prácticos. Intuir tras el cristal las esferas de los niños (que vienen a ser unas camas redondas).Subir por las escaleras futuristas. Tomar un bocata de marisco. Admirar las faldas de las trabajadoras atomianas. Sin embargo, me cuesta recordar el edificio con cariño después de lo de las multas y los derechos de autor, así que pasemos a otra cosa.

Plaza Santa Catherina, último paseo por el centro, cuarto y último delicioso goffre de chocolate (ya con mucho más estilo, sin apenas mancharnos), y volvemos a casa. Y debemos dirigirnos, con pesado paso a la estación. Y coger el tren al aeropuerto. Y pensar en escribir algo para no olvidarnos. Y despedirnos.

¡Qué ganas del reencuentro en Copenhague!

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sábado, febrero 23, 2008

M. en Bruselas (IV)

Tras tres horas de reparados sueño, nos levantamos para conocer Brujas (ella para conocer, yo para re-conocer). Escuchamos un gran grupo alemán en el tren y después le pregunto como se dice bata, y presente y futuro en alemán. (Entre las cosas que M. hace bien está la de hablar alemán, pero no se lo pregunto por puro placer, a M. le espera un examen en cuanto llegue de Bruselas). Desembarcamos en la estación, y vemos bicis y más bicis y más bicis. Y una fuente también. Y sol.

Entramos en varias tiendas de corazones y sanvalentinadas. Yo me reafirmo en mi decisión de comprarme una de esas sartenes para que el huevo frito quede con forma de corazón, vieja decisión para la que no acabo de encontrar momento. Llegamos a la plaza principal y parece que ya apetece comer. Hamburguesa y frites en un puesto callejero y nos sentamos al sol en mangas de camisa (de jersey, más bien). Qué sol, qué alegría, qué casi calor.

Paseamos por esas calles llenas de coherencia, casitas de ensueño y decorados digno de película de amor. Cogemos una barquita incluso, redomadas turistas. Después vamos a por el tercer goffre, pero es muy caro, no es especialmente rico, no nos limpian bien la mesa y no nos sonríen. Quienes sí nos sonríen, más bien, carcajean, son una pareja que tenemos enfrente, totalmente subyugados por el bolso-regadera de M. M. se ha comprado un bolso con forma de regadera, no pude hacer nada para impedirlo!! (miento, miento, sabes que me parece original, jeje, vale, venga, y me gusta). M. les indica donde cree que está la tienda para que puedan ir a comprarse otro igual, pero no estamos muy seguras de que sean las señas adecuadas.

Paseamos un poco más, sacamos más fotos, y es de noche y no hay nadie por la calle. Los turistas se han ido, y Brujas, la pobre, queda abandonada (no intentéis testar la marcha nocturna de Brujas, yo lo hice una vez, y gracias que encontramos una excursión escolar con dulces jovencitos regaladores de rosas, que si no...). Volvemos completamente derrotadas al tren. Nos dormimos. Cancelamos una cita para cenar, sólo queremos meternos en la cama. Pero entre que llegamos a casa, cenamos y tal y cual, nos reanimamos y decidimos tomar un café por ahí, en el bar que quería introducir en el libro de las afrentas, pero que tras una muy oportuna explicación de A, perdono.

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jueves, febrero 21, 2008

M. en Bruselas (III)

El sábado debemos madrugar para ir a hacer el programa (madrugar son las 10 o las 11, nada especialmente doloroso, pero tened en cuenta que debo trabajar TODOS los sábados a las 13h). Le he propuesto a M. que en la sección de viajes nos hable de Berlín, y M. nos sorprende a todos con una descripción que ni las guías de viaje, coherente, ordenada, completa y apropiada. Trato de no deprimirme mientras reflexiono sobre por qué algunas personas lo harán todo tan bien y otras todo mal, pero gracias a dios, llega una entrevista que tengo que hacer en francés y tratar de hablar correctamente hace que no pueda pensar en tonterías.

Salimos y hace un sol magnífico. Paseamos, pensamos en comer rápidamente en la estación de Midi (goffre número 2) y coger ya el metro hacia el Atomium. Llegamos el Atomium a las 17.45 y cierra a las 18.00, decidimos volver el lunes. Sacamos fotos y más fotos que (uf, menos mal que nos avisaron) nunca podremos colgar y nos dirigimos a la Basílica de Koekelberg, el segundo edifcio art decó más grande del mundo (toma esa). En cuanto entramos, cierran la puerta, y nosotras no logramos encontrar otra salida. Aprovechamos para espiar una exposición de Da Vinci que no tendremos tiempo de ver, antes de que nos expulsen del lugar.

Después de cenar quedamos con A. También conocida como la chica verde manzana verde, y nos dirigimos al centro. Un poco de Delirium (para que M. pueda ser una buena asidua), un poco de bar sin nombre y llegamos a un sitio turbio que nos da miedo. Algunos hombres se acercan suciamente (es peor que el Apolo de nuestros años mozos! –aclaración para compostelanos-) y nosotras tenemos que desplazarnos varias veces para no pegarnos con nadie. Sopesamos cambiarnos de sitio pero en ese momento ponen un, dos, tres, un pasito palante Maria, y nos emocionamos mucho. M. empieza a bailar con un montón de chicos (bueno, en realidad no baila con un montón, pero un montón hacen cola –pobres ingenuos- para bailar con ella). Yo me entusiasmo ante la Polaroid de un finlandés que se dedica a hacer fotos y regalárselas a la gente (o eso afirma él). Debo entusiasmarme más de lo que procede porque de repente está arrodillado frente a mí, con una anilla de llavero en las manos pidiéndome en santo matrimonio. Algún despistado de los alrededores se cree que está en serio y me cuchichea, pero no seas así, mujer, dile ya que sí. Yo ardo en deseos de decirle a alguien “llevo años esperando este momento”, pero como se supone que una debe casarse exclusivamente por amor, le digo que no. M, A, y yo continuamos bailando mientras una espontánea nos saca a bailar por turnos. Más tarde llega L. con algunos amigos, pero no aguanta mucho. Nosotras decidimos esperar a que abra el metro (yo bastante sorprendida de mi aguante, oh, M. eres una inyección de vitalidad!).


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M en Bruselas (II)

Llegamos por fin al destino número 2: la plaza Jeu de Bal, donde se despliegan miles de objetos viejos e inútiles, ropa (hasta sotanas, M. quedó impresionada, “anotar como sitio básico para todas las visitas” me dije yo), discos y postales escritas hace cuarenta años. Mientras M. me miraba censuradora, yo temblaba completamente subyugada por el poder de esos mensajes atemporales, de esas imágenes raidas, de esos álbumes llenos de fotos en blanco y negro de una familia que ahora estaban aquí, a la venta.

Por su parte, mientras yo la miraba entre escandalizada y sorprendida, M. se puso a revolver entre camisetas de transparencias, escotes y extrañas aberturas. El vendedor, atento a mi cara de profunda desubicación, me enseña la camiseta más transparente de todas mientras repite ¿no te gusta? ¿no te gusta? ¿no te gusta?. No, no me gusta, pero él trata de convencerme de que a mi marido le va a volver loco. Yo le explico que no, que mi marido tiene buen gusto, y que no me voy a comprar esa cosa, pero no nos entendemos muy bien. Me explica que habla francés como un bebé, y yo le explico que yo no voy mucho mejor encaminada. M. aparece con una camisa transparente y escotada (pero muy bonita,eso sí) que se compra.

Caminamos felices bajo el sol con sus bolsitas (yo creo que ya os he explicado el estado completamente aconsumista en el que me quedé tras la reflexión que supuso tener que envíar doscientos paquetes en la última mudanza) y llegamos al centro. Ahí la alegría se podría haber enturbiado mientras buscábamos comida a horas demasiado españolas, pero el sol, y el año nuevo chino (y hasta un pequeño dragón) lo impidieron. Terminamos en un ¿tailandés? donde la camarera nos recomendó preparar nuestro pollo al nosequé suave, pero no fue capaz de seguir sus propias recomendaciones. Agua, agua y más agua. Después, el primero de una larga serie de goffres de chocolate. ¡La felicidad es esto! Pensamos (al menos yo, pero seguro que M. también) mientras tratamos de borrar de nuestras caras las huellas siempre indecentes del éxtasis.

Abandono a M. porque debo trabajar un rato. M. se dedica a fotografiar corazones. Bruselas no es sólo la ciudad en la que menos gente desemparejada hay , si no también (y consecuentemente) una de las ciudades más cursis los días previos al 14 de febrero.

M. me viene a buscar al trabajo y descansamos un rato en casa, pero enseguida debemos ir a cenar, y al Delirium (el bar del que M. se hizo asidua en un solo fin de semana), donde nos unimos a L. y sus nuevos amigos. Nos lleva L. después a su bar favorito: Café central, del que habla inevitablemente todos los sábados en nuestro programa (porque hay un ciclo de cine alemán en él). De noche allí se baila, y eso hacemos hasta que estamos demasiado cansadas y sólo pensamos en volver a casa. Como aún no son las tres (hora a la que se acaba el fantástico servicio de transporte nocturno de Bruselas), decido que podemos coger un bus, y le hago esperar media hora en el sentido contrario y otra media hora en el sentido adecuado. El busero, que ya nos conoce de la parada errónea, levanta efusivo la mano.

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lunes, febrero 18, 2008

M. en Bruselas (I)

Yo quería hablaros de cómo resultó al final la manifestación (fantástica, fantástica) pero el tiempo ha corrido demasiado y resulta que ya no procede.

Os hablaré, pues, de algo más reciente e igual de fantástico: M.

M. no tiene nada que ver con la canción de los piratas ni con el asesino de Dusseldorf (primer dato de importancia). M. es aquel personaje tan querido por todos nosotros que conocimos en las crónicas de Berlín (en realidad, yo, unos 15 años años antes). M., que se sabe las normas de cortesía, decidió corresponder a mi visita berlinesa con una visita bruseliense. Yo, que no me las sé, la recibí sin cartelito de wielkomen (en este caso bienvenue –perdonen los flamencos-), sin conversación en el tren y sin nada de nada. Yo la recibí desde el teatro (así organizo yo de bien mi vida) y en mi lugar envié una representante de verde manzana verde.

Así que cuando llegué a casa ella ya me estaba esperando, con caramelos y un bello poster berlinés. Cenamos, conversamos (ahora sí) e hicimos planes. Dormimos profundamente (no queráis saber cuantas noches llevaba yo sin dormir) y nos levantamos demasiado pronto dispuestas a conocer toda la ciudad.

Mientras M. sacaba fotos yo la conducía tratando de que (ella) no advirtiese con que aprensión trazaba yo el camino que había memorizado el miércoles anterior. Conseguimos llegar sin pérdida al Palacio de Justicia donde la fiebre de las fotos ya se desató. Allí, en el hall, señores y señoras vestidos con negras togas hablaban despreocupadamente con gente vestida al estilo paisano. M. y yo visualizamos rápidamente nuestra próxima empresa turística: alquiler de trajes jurídicos.

Bajamos en un ascensor de cristal y casi nos perdemos. Pregunto, sin embargo y pronto accedemos a la calle que nos llevará a nuestro destino número 2. La calle, por lo demás, resulta demasiado atractiva y entramos en una librería donde nos compramos una revista de viajes que habla precisamente de nuestro destino de este verano (aún en modo piloto). La librera (libros viejos de segunda mano, madera, librera entrañable con gafas, cuánto romanticismo) nos instruye sobre la división del establecimiento. Antes toda la literatura en lengua francesa estaba junta, pero los propios clientes pidieron que la literatura belga contase con su propio apartado. ¡Idea acertada! Pienso yo, tras descubrir (mediante ese sistema) que Marguerite Yourcenar es belga (quizá no lo sea, pero en todo caso, la consideran). De ahí pasamos a una tienda de abalorios donde decidimos iniciarnos en el arte de crear nuestras propias joyas (con desiguales resultados).

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sábado, enero 19, 2008

El gran libro de las afrentas

Inauguro hoy el libro de afrentas. Debería haberlo inaugurado hace una semana tras una grave ofensa en un bar de Ixelles, pero no recuerdo el nombre del bar y un libro de afrentas sin nombres propios es una acción absurda. Pensé, incluso, en el colmo de mi desesperación, crear un blog (fondo negro, por supuesto) donde toda la gente del mundo (en este caso me llegaría con que toda la gente de Bruselas) dejase sus afrentas para que todos los demás supiésemos que sitios boicotear, a que políticos no votar o que productos rechazar. Después pensé en las posibilidades de que multitudes se me uniesen. Después en las posibilidades de que multitudes me leyesen. Y por último en la posibilidad de que multitudes fuesen lo suficientemente coherentes para que todos los que nos ofendieron recibieran su merecido. Entonces me volví a desesperar (esta vez ya con tintes de depresión) y decidí contarlo aquí mismo, aunque fuera para mis cuatro fieles seguidores, a la espera de la idea definitiva.

Todo empezó con la manifestación de mañana. Hay un colectivo de artistas en Bruselas llamado Manifestement cuyas performances consisten en manifestarse (o eso fue lo que yo entendí). Porque ya está bien de acciones elitistas, tomemos las calles. Mañana, entonces, Saint-Gilles (mi barrio) será testigo de una manifestación a favor del sentido originario de las palabras. Porque, en qué mal momento “essence” pasó de ser algo filosófico a significar prosaica gasolina? Porque no está bien que los islamistas sean casi terroristas y no sencillos adeptos al Islam. Cada persona, apadrina una palabra, entonces, una palabra de la que quiere reivindicar su sentido originario (y siempre más bello). Esa manifestación (sobre todo en su lado más político-integrador-los-islamistas-NO-son-terroristas) es apoyada por la ministra belga Fadila Laanan.

Nos llegó, pues, a la radio, una nota de prensa de su gabinete firmada por Serge Birenbaum. Si tienen alguna duda, decían, no duden en ponerse en contacto con nosotros. Yo, joven ingenua, no dudé en ponerme en contacto con él. Transcribo nuestros diálogo (amablemente traducido para evitaros faltas gramaticales).
Y: Hola, es el señor Birenbaum?
S: ¿Qué?
Y: Estoy hablando con Serge Birenbaum?
S: ¿Quien es?
Y: Llamo de Radio Alma, una radio para españoles en Bruselas. ¿Es usted Serge Birenbaum?
S: Eh....¿Qué quieres?
Y: ¿Pero es usted Serge Birenbaum o tengo mal el teléfono?
S: Sí, sí, te has equivocado de teléfono
Y: No creo que me haya equivocado de teléfono porque es el teléfono que vosotros nos habéis dado.
S: ¿Pero qué quieres?
Y: Es por lo de la manifestación del domingo
S: Sí, voy a estar allí.
Y: ¿Y puede informarme un poco sobre ella?

(Se corta –para los desconfiados me cuelga-)

Y: Hola, creo que se ha cortado.
S: Sí, bueno, qué quieres.
Y: Es por la manifestación del domingo
S: Yo no sé nada de ninguna manifestación de españoles.
Y: ¡No es una manifestación de españoles!, es una manifestación por el sentido original de las palabras.
S: Creo que te equivocas de teléfono.
Y: Claro que no me equivoco de teléfono, si no quiere hablar conmigo me lo dice y cuelgo, pero no hace falta que me cuente historias.
S: Ehh.... prefiero no hablar contigo.

Después de eso, y sumida en la miseria, reflexioné sobre que era un señor de mal humor, y que no tendría ganas de hacer esfuerzos para entender a esa chica que habla destrozando el idioma. Pero debería formar parte de puestos públicos gente que no es capaz de hacer esfuerzos para entenderse con la gente? (Debo decir que hablé con los del colectivo Manifestement y me atendieron correctamente, ¡y eso que son artistas!). Merece o no merece Serge -o quien quiera que atendiese su teléfono- que le echen del trabajo? Porque lo peor de las pequeñas injusticias, es que sabes que aunque tengas toda la razón del mundo, no vas a poder hacer nada, y que la violencia, encima, está mal vista hasta por ti.

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martes, diciembre 18, 2007

Costumbres belgas

Quedamos para mañana para hacer un dossier de nosequé y Nathalie me dice que ella por la tarde tiene una entrevista con un repartidor, que mejor quedamos por la noche. “¿A las ocho?” concedo yo. “No mujer, no, a las cinco y media o seis”.

Trato de adaptarme a la vida belga y comer a las doce y cenar a las siete pero no me sale muy bien. También trato de no morirme de frío. El domingo (casi) tuve un golpe de frío. Volvía a casa con la nariz rojo intenso asomándose entre la bufanda y el gorro y cada vez tenía más sueño, más dolor de cabeza, más cansancio, más sueño y entonces reflexionaba sobre esos documentales de la Antártida. El objetivo es seguir despierto, siempre seguir despierto, explica un señor con gorro al que se le congeló en aquella ocasión el dedo gordo del pie. Al parecer uno se muere así de frío, dulcemente, como cuando te cortas las venas en la bañera (acudiendo a todo el imaginario popular). El caso es que me puse muy nerviosa. Abría mucho los ojos como cuando me sacan fotos. Finalmente llegué a casa. Prueba superada, pensé.

Pero aún quedan muchas más. Los belgas a pesar de ser el pueblo más amable del mundo, son malos. En las bibliotecas hay que pagar. Internet es un mundo terriblemente complejo donde si te descargas cosas Telefónica (que no se llama así) te cobra más. Y las pistas de patinajes sirven para el intercambio de identidades. Bueno, sí, eso suena apasionante. Pero estamos tan bien enseñados que cuando pasa la posibilidad de aventura a nuestro lado, nos sonrojamos y decimos: “no, no, España, mi carnet es ese de ahí”, mientras nos mordemos las uñas de insatisfacción.

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