Haciendonos mayores...

lunes, junio 15, 2009

Gente buena

Tradicionalmente, yo siempre llegaba a los aeropuertos con tres horas de antelación. Si aún no podía facturar me sentaba sobre mi maleta (eso era en tiempos en los que aún no te cobraban por la maleta) y veía a la gente pasar, y llegar, y besarse, y llorar y marcharse. Si ya podía facturar, me deshacía de la maleta, pasaba el control de seguridad, me enfadaba (especialmente en Barcelona) y después compraba la Cosmopolitan o El País, en función de la imagen que me atreviese a dar ese día. Esperaba apaciblemente, comiéndome un bocata de tortilla.

Pero un buen día pasó algo, no recuerdo bien el qué. Quizás fue un atasco, quizá un suicida en el metro o puede que tan solo (es lo más probable), un despiste. Ese día, llegué corriendo, empujé a varias personas, me planté delante del mostrador de facturación, miré el reloj y suspiré aliviada: “uff, aún faltan dos minutos para que cierren”.

Desde ese momento ya nunca he conseguido hacerlo mejor. Perder un avión es una de mis pesadillas recurrentes, porque sé que es algo que se espera de mí, y ser como creen que eres da mucha rabia.

Así que este miércoles, me encontraba inmersa en ese proceso (correr y empujar), cuando llegué a la estación de Sants desde la que debía coger un tren que salía en cuatro minutos y que debía llevarme al aeropuerto (y si cogía el siguiente tren ya no llegaba a mi vuelo). Intenté meter mi ticket del metro en la máquina, para poder pasar, pero me dijo que el ticket no era válido. (De acuerdo, pensé yo, si los compro de diez en diez (bono de diez viajes), me los cobran como transporte urbano, si intento comprarlos de uno en uno, tengo que comprar uno especial que me cuesta el doble). Pero no tenía tiempo para despotricar, así que corrí a las maquinillas que te venden los tickets. Delante de mí había un inútil (en realidad, sólo era un extranjero despistado), que sacó sus monedas una y otra vez, cambió el destino, y ay, no se decidía, y yo mientras poniéndole mala cara como si fuera culpa suya que yo no hubiera salido veinte minutos antes de casa.

Al fin se fue, era mi turno, marqué el aeropuerto, me salió el importe: 2’80 euros. Saqué mis monedas, empecé a meterlas antes de contarlas (tan inútil como el extranjero precedente), pero no había manera, no me daba. Anulé la operación. Cayeron mis moneditas. Lo probé con la tarjeta, no funcionaba.

“Pues nada, pensé yo, me voy a sacar dinero al cajero y ya cogeré un taxi”.

En ese momento, una chica de la cola, se acercó a mí y me dijo: ¿Cuánto te falta?. “Un euro”, respondí yo, “no deja, me falta más, no te preocupes”. Pero ella me dio un billete de cinco euros (le di la vuelta tras comprar mi ticket, no os creáis), le repetí una y otra vez “gracias” efusivamente, y me lancé escaleras mecánicas abajo justo a tiempo para coger mi tren, mi avión, para ser una persona respetable.

Y me quedé pensando que no está nada bien tener el “Libro de las Afrentas”, y no tener el “Libro de las alabanzas”. Cuando lo construya, se lo voy a dedicar a esta chica anónima, y al (también anónimo) hombre que me invitó al cine cuando el gilipollas del taquillero (los libros de alabanzas y de afrentas están muy próximos en realidad) se negó a dejarme pasar para que pudiera pedirle el dinero a mis amigas, que ya estaban dentro.

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jueves, noviembre 22, 2007

Dublín (domingo)

El domingo visitamos toda la parte sur de la ciudad y me doy cuenta de que no había razón para agobiarse. Dublín es encantadoramente (y limitadamente también) abarcable. Voy al Trinity College y empiezan a asomarse imágenes a mis ojos. Mi cerebro empieza a ser consciente de que sí, ya había estado por aquí. Veo una iglesia que por bonita-medieval parece de cartón piedra. Veo la catedral. Veo a Molly Malone. Veo el parque de St Stephen's Green. Empieza a llover.

Comemos (pienso una vez más en lo asquerosamente caro que es Dublín, pero P me explica cual es el sueldo mínimo y entonces entiendo a la gente que va a trabajar allí pero no a los que la escogemos como destino de vacaciones). Después de comer entramos en el Temple Bar y tomamos una cerveza a las tres de la tarde. Pero no debe de ser algo raro porque allí hay un concierto y gente borracha. Es un pub, qué demonios.

Después subimos ya al aeropuerto peor diseñado del mundo (o de los que yo conozco, al menos). Tras recorrérmelo llego a mi embarque que se hace a través de una puerta que da a la pista. Y por allí correteamos los intrépidos viajeros bajo el diluvio universal buscando las escaleras de nuestro avión. Esperamos calándonos bien mientras la gente se va acomodando. Imposible dormir con ese nivel de agua impregnado en la ropa.

Vuelo de vuelta rumbo a la rutina, a ese mundo real donde la vida ya no consiste en irse de vacaciones cada fin de semana.

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jueves, noviembre 15, 2007

Domingo en Berlín

Otros días da igual que haga frío porque uno ya está cansado que no diferencia dolores. Suena y suena el despertador, y Cr, Ca, y M refunfuñan. Se tienen que levantar rápido pero no acaban de conseguirlo.

Se dirigen a la Berlinchiner galerie. Allí hay una obra en la que participó Ca, así que están muy emocionadas. Llegan y no es para menos. La exposición va sobre la movilidad en la vida moderna, eso que conocemos tan bien y sobre lo que hablamos hace un par de días. La enfermedad. Las obras son muy conceptuales y por eso a Ca le gusta el arte contemporáneo porque dice cosas y hay que pensar. M se encuentra de nuevo en éxtasis y Cr un poco también, aunque se lo tienen que traducir todo. La mejor obra es la de Miguel Rothschild, en la que participó Ca. Aunque hay otro par que se llevan nuestras alabanzas. Al salir, vemos un catalogo de Rothschild, que se dedica durante todos sus viajes a fotografiar la palabra paraíso allí donde la encuentra. Les gusta la idea.

Salen y nieva un poco de nuevo. Llegan a la sinagoga, pero es más bonita por fuera que por dentro, así que se van a comer. Al Shanti, que tanto les gustó, pero de buffet, que nos les gusta tanto. Prueban algo de textura extraño y se asustan al comprobar que es lo único que no lleva nombre. Para compensarse se toman arroz con leche de postre (o algo que se le parece).

Vuelven a casa muy contentas porque tienen una hora entera para descansar. Y porque además Cr ya se va en unas horas y se quedarán tranquilas. Pero después se ponen tristes porque Cr ya se va en unas horas y tardarán en volverla a ver. Ca y Cr hablan expulsadas en el pasillo sobre berlín y sobre el futuro y gracias a dios Ma las salva para reintroducirlas en la habitación. Suena el teléfono gracias a una página fantástica que se llama Peter nosequé (pedro número) y que permite llamar gratis a España y Ca les grita entusiasmada y nerviosa a sus compañeras que es Peter. Pero pierde la llamada y deben esperar. Cuando al final lo consiguen, suena el telefono en casa de S en Teis. Unidas por hilo telefónico hablan un rato de esto y aquello, se ponen al día.

Es el momento de ir al aeropuerto. Allí hay que facturar y después (después es acto seguido) hacer cola para entrar en la zona de embarque. La cola no se mueve. Pasan los minutos y el avión se retrasa. Al parecer están haciendo muy exhaustivos exámenes de las bolsas de mano. Cr se pone nerviosa, ay, que no le quiten sus galletas chocolateadas y sus navideños y trigales árboles. Finalmente va a ser su turno y M y Ca se van, que pena, que pena, muchas gracias por todo, lo he pasado en grande.

Cr se queda sóla ante el peligro. Antes que ella una chica lleva una lámpara circular. A la chica le gusta mucho su lámpara pero su lámparo no cabe por el detector y no saben que hacer con ella. Un chico hace un comentario sardónico sobre que a quien se le ocurre venir a Berlin a comprarse una lámpara, que si no hay souvenires más pequeño, y otro chico se sonrie por respuesta. Cr piensa en lo estúpida que es la gente y pierde su paz interior y odia a esos que juzgan a las victimas en vez de reflexionar sobre lo humillante de que te hagan descalzarte para entrar en el avión, o que no te dejen subir pinzas de depilar y que a un fortachón le dejen entrar con sus brazos, obviamente mucho más útiles a la hora de asesinar a alguien. Cr que ya está de mal humor reflexiona sobre que sí que hay un carácter típicamente catalán y que consiste justamente en eso, pero ruega que la perdonéis.

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