Haciendonos mayores...

martes, mayo 13, 2008

Finales exultantes

Nos ponemos tristes al pensar que falta poco para irnos, qué tontos somos. No sabemos, me temo, que estamos viviendo lo mejor. Esas semanas previas llenas de prisas, de citas, de entusiasmo. Esas semanas en las que hay que hacer todo lo que no has hecho, mirar todo lo que aún no has visto, palpar todo eso que aún no has tocado, y demás. Porque somos así y la mejor conversación se ve interrumpida por los pitidos del silbato del señor revisor que te obliga a subirte y quedarte sin esa conclusión que intuías magnífica. Porque cuando uno se va, se va en la cresta de la ola y quedarse es quizás, como tratar de que te reelijan para una segunda legislatura.

Estoy nerviosa entonces, observando como todo se dispara enérgicamente hacia arriba en este momento preciso en el que yo no puedo disfrutarlo (no hay tiempo y el que hay, está demasiado repleto). Y sin embargo, hay fines de semana como este, de profunda compenetración bruselocrisiana. Y paseo despreocupadamente por el Mont des Arts, el sol brilla en lo alto y los niños juegan en la fuente. Se salpican, se empujan, y a veces resbalan, llenándose el vestido blanco de agua. Sus padres fuman despreocupados, recostados alrededor de la fuente, los piececillos a remojo. Si continuo hacia abajo hay uno de esos artistas extraños, que (ex)pone fotos de vacas urbanas en uno de los peldaños de las escaleras. A veces la gente se despista y arrastra algo con el pie sin mirarlo siquiera, pero otras veces el artistilla entabla conversación con turistas que le preguntan si es posible sacar fotos (de las fotos) y él sonríe entusiasmado, si ha decidido (ex)poner sus fotos ahí es para ver la impresión que causan.

Tengo visita y eso exige hacer de guía, amar la ciudad para hacerla amable. Y aunque la mujer de verde manzana se enfade, y crea que siempre ataco su dulce hogar, cada vez Bruselas se vuelve también más el mío, un lugar al que uno puede criticar, pero que no acepta que nadie más critique.

Etiquetas: , ,

jueves, abril 24, 2008

"Londres era tan aburrido comparado con estar sola en el campo"

Ya sé, ya sé, estáis esperando sendos posts de Ámsterdam y Copenhague, y llegarán. Pero hoy quiero utilizar mi blog única y exclusivamente para hablar de mí a través de entusiasmos ajenos. Para compartir con vosotros mis (oh) miedos más profundos, a saber: la falta de profundidad.

Y ahora no hablo de trascendencias, ni siquiera de no pensar nunca en la filosofía. Hablo de ser capaz de ver la vida como algo real, como algo importante. De llegar al fondo de uno mismo y encontrar algo concreto (cualquier cosa). Algo coherente, construido con esmero. Porque claro, quizá tenéis/tienen razón los que dicen de mí esto y aquello (no tiraré piedras contra mi propio tejado). Los que dicen, por ejemplo, que nunca estoy triste. ¿Cómo estarlo si no te encuentras por ningún sitio? Pero hoy he aprendido que la señora Dalloway tampoco lo está nunca. Y entonces pienso: no. No quiero sentirme comprendida por los personajes de una mujer que acabó suicidándose! Porque yo no sé si es que interpreto mal (de hecho soy plenamente consciente de que lo hago, siempre pervirtiendo significaciones), pero para mí este es un libro profundamente optimista.

Por lo demás dice Peter Walsh que “Era una terrible confesión (se puso de nuevo el sombrero), pero, a los cincuenta y tres años, apenas se tenía ya necesidad de nadie. La vida por sí sola, cada momento, cada gota, allí, en aquel instante, al sol, en Regent’s Park, era suficiente. Demasiado, a decir verdad. Toda una vida era demasiado corta para extraer, cuando ya se ha adquirido la capacidad, todo el sabor; para destilar hasta el último gramo de placer, hasta la última brizna de significado, y tanto placer como significado eran mucho más sólidos que antaño, mucho menos personales”

Etiquetas: , ,

sábado, enero 12, 2008

Los asesinos del carterista

En los extras de Pickpocket Bresson pone cara de póquer mientras unos entrevistadores le hacen una de esas preguntas profundamente idiotas que todos acabamos haciendo cuando hacemos preguntas a pesar de saber lo idiotas que son (lo que muestra en grado sumo nuestro profundo aborregamiento y blablabla) : ¿Qué crees que entenderá la gente de esta película? (bueno, rectifico, la mayoría tratamos a la gente con un poco más de respeto), el caso es que Bresson dice algo como (mi memoria siempre es demasiado libre) que en realidad lo que le gustaría es que se sintiera algo antes aún de comprender.

Yo creo profundamente en eso, en el sentimiento. Bresson lo estropeó cuando trató de definir que debíamos de sentir, porque el caso es que NUNCA deberíamos hablar de nada. De nada inefable, al menos. Y me pregunto qué diablos pretendemos con tanto análisis. Lo sé, lo sé, despojarnos de nuestra sensibilidad, en un triste tributo a todo ese racionalismo del siglo de las luces (el pasado, ¿eh?). No hay nada que entender. Hay que cerrar los ojos por miedo a explotar. Pocas cosas resultan más prosaicas que una clase de, que sé yo, métodos del suspense, donde montones de chicos delgaduchos y con gafas suben constantemente la mano para gritar henchidos de sí que en esa escena se ve que se aprovecha para cortar en el momento en que el camarero se gira y que eso es una solución fácil. Quizá esos mismos chicos explicando que en esa escena el autor quería simbolizar la huida del tiempo que se va (siempre hablan con redundancias). Como si la película debiera ser traducida, reducida a palabras, falseada.

Oh, ya sé, ya sé que digo tonterías. Ya me explicó mi profe que los que de verdad aman quieren conocer. Pero para mí el que disecciona un cuerpo vivo es un asesino y punto final.

Etiquetas: , ,

domingo, septiembre 09, 2007

Las sillas y los cuerpos en ebullición

A priori me gustan los conciertos en auditorios y cosas así. En sitios con sillas. Uno se sienta y escucha, sin tener que estar pendiente del estúpido borracho de atrás que cada vez que da un salto te descalza, y después se ríe mientras te pide (balcuceante) perdón. Ni de la tipa que te saca el ojo con el objetivo de su cámara, porque a ella no le interesa ver conciertos, no, le interesa registrarlos.
Pero en el fondo no estamos preparados. No sabemos que hacer con todo nuestro entusiasmo, allí, paralizados por los asientos. Uno quiere gritar, cantar, bailar, besar, saltar y todo lo que tiene alrededor son cuerpos también en ebullición, desconcertados ante el silencio, a punto de explotar pero parados, en tensión, temblequeantes.
Ayer el Señor Chinarro no se esforzó ni un poco. Tocó canciones maravillosa sobre tímidos que se unen y viajes al oeste, pero no se esforzó. Ni un poco. Aún así el público amante se quería entregar. Lo notabas en cada uno, como se distendían al llegar los aplausos (al fin un poco de ruido, porque el amor suena que agua lleva) No fue frío (no fue frío nada salvo él), pero si algo incómodo.
Los chicos que tenía detrás comentaron: "esto es como tenernos atados con cuerdas".
Y eso.

Etiquetas: ,